Título original: The Abandoned.
Nacionalidad: España.
Año: 2006.
Duración: 94 min.
Dirección: Nacho Cerdà.
Guión: Nacho Cerdá, Karim Hussain y Richard Stanley.
Intérpretes: Anastasia Hille (Marie), Karel Roden (Nicolai), Carlos Reig-Plaza (Anatoliy), Paraskeva Djukelova (Olga Kaidavosky), Valentin Ganev (Andrei Misharin), Kalin Arsov (patriarca ruso), Svetlana Smoleva (mujer del patriarca), Anna Panayotova (hija del patriarca), Monica Baunova (Emily), Marta Yaneva (Natalya).
Producción: Julio Fernández.
Música: Alfons Conde.
Fotografía: Xavi Giménez.
Montaje: Jorge Macaya.
Diseño de producción: Balter Gallart.
Primer largometraje que nos llega de Nacho Cerdà, y que se estrenó en los USA dos meses antes que en España, a pesar del desfile de subvenciones con el que se abren los títulos de crédito. Además, está rodada en inglés, y con actores extranjeros en su mayoría, lo cual es de agradecer vista la dificultad que hay en nuestro país para sacar actores a los que se les entienda cuando hablan.
Marie (Anastasia Hille), originaria de Rusia, vuelve al país de las matrioskas indagando sobre la suerte de sus padres biológicos para descubrir que murieron en extrañas circunstancias, y que ahora es propietaria de una granja abandonada en medio de un bosque tan tenebroso que la bruja de Blair se lo haría encima. Allí se encontrará a un hombre que dice ser su hermano Nicolai (Karel Roden), y juntos intentarán desvelar el misterio que allí se oculta.
El primer punto a favor de Los abandonados es su aspecto visual: el diseño de producción, la ambientación, la iluminación… resulta de tan alto nivel que la mayoría de la gente exclamará aliviada “no parece española”. Esa es la idea que tenemos en general de nuestro cine (bastante acertada, por otra parte). Otra cosa de agradecer es que, Cerdà, alejándose un poco del estándar habitual en este tipo de producciones, prefiere crear tensión basándose en juegos de luces e imágenes inquietantes que hacer saltar al respetable a base de fanfarrias a todo volumen, aunque alguno sí se le escapa. De todas formas, es justo reconocer que yo agradecí estos cañonazos para no tener que escuchar a los rumiantes de palomitas que tenía detrás.
En lo que falla estrepitosamente el asunto es en el guión, ya que es una sucesión de tópicos que ya hemos visto cientos de veces: las apariciones pasando por detrás o por delante de los personajes; las carreras con la cámara en mano; la casa que, si bien por fuera parece grande, por dentro es como la mansión de Julio Iglesias… Además, las apariciones salen tantas veces que se pierde el impacto que deberían producir estas presencias, y llega un momento que, más que escapar, a uno le dan ganas de darles una toalla, que están dejando el suelo hecho unos zorros.
Por supuesto, al final se recuperan imágenes aparentemente sin significado del principio para darle una explicación a todo, si bien hay tanta mezcla entre sueño, realidad, presente y pasado, que yo no me enteré muy bien de lo que ocurría, y eso que aguanté educadamente los bostezos hasta el final de la proyección.
Los actores cumplen con profesionalidad: corren, saltan y ponen cara de susto cuando aparece “la bicha”, que es lo que se les presupone. Todo junto forma una peli competente, que entretendrá a los más aficionados al género, y a los demás les hará pensar que igual pasarían más miedo haciendo la declaración de la Renta. Eso sí es terror auténtico.
Valoración: regular.

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