Título original: Rocky Balboa.
Nacionalidad: USA.
Año: 2006.
Duración: 102 min.
Dirección: Sylvester Stallone.
Guión: Sylvester Stallone.
Intérpretes: Sylvester Stallone (Rocky Balboa), Burt Young (Paulie), Geraldine Hughes (Marie), Milo Ventimiglia (Robert Balboa Jr.), Antonio Tarver (Mason ‘The Line’ Dixon), James Francis Kelly III (Steps), Tony Burton (Duke).
Producción: Charles Winkler, William Chartoff, David Winkler y Kevin King.
Música: Bill Conti.
Fotografía: Clark Mathis.
Montaje: Sean Albertson.
Diseño de producción: Franco-Giacomo Carbone.
Pocos deportes dan tanto juego como el boxeo en cuanto a metáfora de la vida. Los golpes incesantes, el triunfo de la voluntad, la dureza del combate…, se aplican con igual facilidad al deporte de las doce cuerdas y a la aventura de vivir.
Rocky Balboa no es una película de boxeo, ni una película de deportes: es una película sobre un hombre, que a la sazón es boxeador. O era, ya que el bueno de Rocky (Sylvester Stallone), retirado hace largo tiempo, ahora ya viejo y solo tras la muerte de su mujer, se ha quedado sin retos, sin desafíos, sin ilusiones. Sus relaciones con su hijo Robert (Milo Ventimiglia) tampoco pasan por buen momento, ya que éste se siente comparado en todo lo que emprende con la larga sombra de su padre. Así, Rocky quiere volver a boxear, y los managers del actual campeón invicto, Mason “Frontera” Dixon (Antonio Tarver) le ofrecen una nueva oportunidad.
Stallone, que lleva años siendo objeto de innumerables burlas por el gran crimen de haberse dedicado a hacer cine de entretenimiento (y no gesticular como Sean Penn, claro), ha sido capaz de crear no uno, sino dos iconos del siglo XX: Rocky y Rambo. Y es imposible no recordar a estos dos mitos sin esbozar una sonrisa. En concreto, el boxeador de Philadelphia es un ser más entrañable que el mismísimo Papá Noel: siempre con una palabra amable, siempre echando una mano al prójimo, siempre atendiendo a sus infinitos fans con una sonrisa. El mismo Rocky resume su filosofía en una frase certera, que viene a decir algo como “¿por qué tienes que deberle algo a una persona para hacer algo por ella?”.
El “cachas” neoyorquino, que se encarga de guión y dirección, trata a sus personajes con mimo exquisito, tanto, que ni siquiera hay “malo” como tal, sino que es un simple boxeador rival. Para reforzar la idea de que no es la pelea lo importante, el combate ocupa los últimos diez minutos, quince si contamos el entrenamiento con el inmortal Gonna Fly Now de Bill Conti sonando de fondo, y poniendo de nuevo el vello como escarpias al respetable.
De ahí la ovación final de la sala de proyección, porque hay pocos personajes que hayan calado tan hondo en el imaginario colectivo como el hombre con un corazón más grande que sus puños, tan rebosante de humanidad que entristece que sólo exista en una pantalla, y que es capaz de inspirar en aquellos que lo ven una inmediata complicidad y una sonrisa de ternura. Un digno fin a una saga épica. Larga vida a Sly. Larga vida a Rocky Balboa.
Valoración: buena.

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