Título original: Snakes on a Plane.
Nacionalidad: USA.
Año: 2006.
Duración: 105 min.
Dirección: David R. Ellis.
Guión: John Heffernan y Sebastian Gutierrez; basado en un argumento de David Dalessandro y John Heffernan.
Intérpretes: Samuel L. Jackson (Neville Flynn), Julianna Margulies (Claire Miller), Nathan Phillips (Sean Jones), Rachel Blanchard (Mercedes), Byron Lawson (Eddie Kim), Flex Alexander (Three G’s), Kenan Thompson (Troy), Keith Dallas (Big Leroy), Lin Shaye (Grace), Bruce James (Ken), Sunny Mabrey (Tiffany), Elsa Pataky (Maria).
Producción: Gary L. Levinsohn, Don Granger y Craig Berenson.
Música: Trevor Rabin.
Fotografía: Adam Greenberg.
Montaje: Howard Smith.
Diseño de producción: Jaymes Hinkle.
De las muchas cosas que se pueden criticar a ese fenómeno mediático conocido como Serpientes en el avión, hay una que no: hace honor a su título. Hay un avión. Y también muchas, pero muchas serpientes. Algo así como Aracnofobia con ofidios.
Sean Jones (Nathan Phillips) está haciendo motocross en Hawaii cuando, casualmente, presencia el asesinato de un fiscal a manos del gángster Eddie Kim (Byrown Lawson). El agente del FBI Neville Flynn (Samuel L. Jackson) se encargará de velar por su vida hasta que llegue a declarar a Los Angeles, y para no despertar sospechas decide volar en un pasaje comercial: el Pacific Air Flight 121. Pero Kim consigue introducir en el vuelo cientos de serpientes letales para que ataquen a pasajeros y tripulación cuando el avión está a 30000 pies de altura.
Serpientes… está hecha con clara vocación de serie B. Los personajes son planos y arquetípicos: una estrella de la música que lleva a sus hermanos como “protección”, la tontita que lleva un chihuahua, la pareja de fumetas salidillos, e incluso el tipo antipático. Incluso sale la Pataky, y no es ni para enseñar cacho ni para hacer de exuberante latina, así que no creo que amenace la rutilante carrera de “Pe”, tranquilos.
A pesar de lo unidimensionales que resultan todos, la verdad es que están presentados con habilidad, y nadie se va a perder. Los que apenas salen en pantalla serán las víctimas propiciatorias de los simpáticos reptiles, y morirán de la forma más repugnante y dolorosa posible: las serpientes pican en los ojos, en la lengua, en el trasero, en los pechos, y sí, ahí donde están pensando también pican.
La tensión no está demasiado bien administrada, y cuando hay tramas que transcurren en paralelo, David R. Ellis tiende a descompensarlas un poco. Eso sí, el patrón de acontecimientos es el clásico: de una situación mala se llega a otra peor, y casi se echa de menos que alguien diga que es un mal día para dejar de esnifar pegamento.
Sam Jackson está bien, porque lo de hacer de tipo duro le va de fábula, y los demás procuran no estorbar, porque todos saben quién es el que atrae la gente al cine. Las serpientes están bastante mal hechas, por lo general, pero lo suficiente para poder distinguir a las de coral, las cobras o la enorme pitón. Quizá lo peor de todo sea el guión que, a pesar de no renunciar al absurdo (como demuestra el microondas con la tecla “SNAKE”), ni es gracioso ni original, como para convertirse en una “cult movie”.
En suma, una película catapultada al éxito de forma bastante inmerecida, porque no es lo suficientemente divertida o rompedora para merecer tantos parabienes. Esperemos que los guionistas sin ideas no se animen y tengamos que ver en un futuro próximo producciones del tipo “Ratas en un barco” o “Cucarachas en un restaurante”.
Valoración: mala.

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